9 de marzo de 2017

Visca el Barça y viva el fútbol


El fútbol nos enseña lecciones aplicables a la vida. La posibilidad de cumplir los sueños, incluso por muy lejanos y etéreos resulten, es una de ellas. Quizá sea ése el principal motivo por el que el deporte rey despierte pasiones tan arraigadas que ni el más desapacible vendaval parece que pueda desbrozar. Al igual que ocurre en el género novelístico o cinematográfico, la mera posibilidad de que el protagonista, aunque inmerso en las más insuperables adversidades, pueda sobreponerse, superando todos los obstáculos que se imponen entre el sentido común y el romanticismo, nos hace recobrar la confianza en el ser humano. Y tal vez, en la vida.

Así llegó el FC Barcelona a la vuelta de la eliminatoria de octavos de final ante el opulento París Saint-Germain, como en el ocaso de la vida, con poco que perder y mucho que ganar. El doloroso 4-0 cosechado en la ida por los de Unai Emery convertía las pocas posibilidades de los azulgrana en milagro que rozaba la sicodelia. Y como harían en sendas ocasiones anteriores, como ante el Chelsea en 2000 o, más recientemente, ante el AC Milán en 2013, el FC Barcelona demostró que en fútbol no existen los imposibles, tan sólo existe la épica.

Miguel de Cervantes hablaba en su archiconocida obra El Quijote, acerca de la sublimación del dolor como paso previo ineludible para alcanzar la felicidad. Un sentimiento que, partiendo desde la dificultad o unas remotas posibilidades para alcanzar los objetivos programados, inocula a su portador ingentes toneladas de euforia, satisfacción y locura. Algo así pensaría Luis Enrique al plantear el partido de vuelta ante el cuadro parisino. Con un 3-4-3 reservado para las grandes citas, el técnico asturiano salía con un once formado por Ter Stegen; Piqué, Umtiti, Mascherano; Busquets, Iniesta, Rakitic, Messi; Luis Suárez, Rafinha y Neymar. Sin laterales y sólo ante el peligro, con el astro argentino como organizador desde segunda línea y con toda la carne puesta en el asador, esos eran los nombres que quedarían grabados en oro

Lo de anoche sólo puede recibir un nombre: gesta —o hazaña, proeza, heroicidad y sinónimos de la misma índole que encierran el mismo concepto—. Una nit mágica que quedará grabada de forma indeleble en los 117 años de historia del Fútbol Club Barcelona, un partido a la altura de las cinco Copas de Europa, de los dos 5-0 al Real Madrid, los tripletes y el sextete. El gol de Sergi Roberto quedará inmortalizado al igual que el tanto de Iniesta al Chelsea, el sexto de Piqué en el Bernabéu o el de Pedro en la final del Mundialito de Clubes en 2009.

La inexistencia de laterales defensivos dejaba los flancos izquierdo y derecho a merced de las internadas por banda del París Saint-Germain, algo que Emery no solventaría hasta la segunda parte, cuando las internadas de Draxler y Moura fueron más incisivas. Porque en muchas ocasiones, en esto del fútbol, a veces la mejor defensa es un buen ataque. El rombo formado en la medular con Messi en el vértice del diamante haría de transición con la delantera y delegaría las labores creativas a Iniesta y Rakitic. Sergio Busquets, después sustituido por el héroe de la noche, Sergi Roberto, tendría la labor de recuperar balones y oxigenar el centro del campo. El ritmo trepidante desde el primer minuto de juego desembocaría en el temprano gol de Luis Suárez. Un estratosférico Neymar por la banda aportó la fantasía necesaria, desarbolando la zaga parisina, para soñar con el anhelado pase a cuartos de final.

El partido de anoche, además de ser contado de generación a generación, nos enseñó muchas cosas, por ejemplo, que creer en los sueños constituye el primer paso para cumplirlos. Anoche el Barça, en un encuentro mítico e inenarrable, ganó. Y ganó porque creyó en ganar desde mucho antes de que la pelota comenzara a rodar por el gramado del Camp Nou. La presión ejecutada por los culés mermó física y mentalmente a Les Parisiens quienes se desvanecían por cada gol encajado. Y como nadie dijo que el camino al Olimpo fuera fácil, el gol de Cavani añadiría más dosis de dramatismo, si cabe, a la eliminatoria. El resto, ya lo saben. Tres goles en menos de diez minutos, un PSG desvalido reptando por el césped a quienes cada gol le asestaban desazonadoras puñaladas como si una tragedia griega protagonizaran, un Unai Emery fulminado con el semblante cariacontecido, un excelso Sergi Roberto que cumplió la mayoría de edad en el partido de su vida y el futuro azulgrana más lejos de esa nebulosa lejana en la que estaba incrustado no hace ni una semana.

Porque la historia se escribe día a día. En 57 eliminatorias anteriores, ningún club jamás osó remontar un partido de vuelta con un marcador tan adverso. Una estadística que se rompía en añicos al unísono de cada uno de los seis goles marcados y que encontraría su punto álgido en el ya legendario gol de Sergi Roberto. A grandes encuentros de la historia del fútbol como la semifinal entre Francia y Alemania del Mundial 1982, la dramática final de la Champions League entre el Manchester United y el Bayern de Múnich en 1999 precisamente en el Camp Nou y otras más recientes como la remontada del Sevilla ante el Valencia en 2014 con aquel gol de Mbia, hay que sumarle un encuentro a la altura de otros con cuyas historias muchos hemos crecido como el 12-1 de España a Malta de 1983. Y es que si el fútbol vale la pena, pese a todo el sufrimiento inherente a él, es por momentos como estos.

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